Título: Marinenses en el Tiempo
Capítulo: Narciso Orelo García: Un benefactor en el olvido
Autor: José Torres Martínez
Editorial: Artes Gráficas Portela
Fecha: 1982
I.S.B.N.: 84-398-1211-6
Relato sobre la vida de don Narciso Orelo García, ilustre filántropo marinense quien emigró a la Argentina y nunca olvido a su pueblo natal, al que más de una vez tuvo ocasión de ayudar remediando la necesidad del pobre y del enfermo. Antes de morir dona la parte principal de su fortuna a Marín, con el fin de financiar importantes fundaciones de caracter cultural y religioso.
Narciso Orelo García
Un benefactor en el olvido
(1815 - 1894)
Al correr el segundo decenio del Siglo XIX cuando Marín, después del largo letargo vivido bajo el régimen de su abacial señorío, despertaba a las libertades del nuevo sistema constitucional, introducido por las Cotes de Cádiz, y tomaba parte activa en las luchas suscitadas por la instauración de la nueva ordenación política del país, nace Narciso Orelo García el 2 de mayo de 1815 en el típico barrio de la Banda del Río.
Sus padres, Eugenio Orelo Fernández y María Ignacia García de Neira, formaban una humilde familia que vivía del producto de la pesca del “xeito”, arte de antigua tradición mayoritariamente profesado por los pescadores de nuestro puerto. Oficio éste que frecuentemente se practicaba mediante la llamada “compañia familiar”, en la que entraban, además del padre y de los hijos, algún que otro pariente allegado, compartiendo conjuntamente el trabajo de la pesca. Incluso la madre y las hijas colaboraban también en la familiar empresa pesquera, confeccionando las redes, reparando sus averías y participando en las tareas propias de su conservación.
En éste ámbito laboral de cotidianos afanes, asociado por necesidad a las duras faenas de la pesca, transcurre penosamente su infancia haciendo el común aprendizaje laboral de los niños de su clase. Pero aprovechaba cuidadosamente los períodos de inactividad forzosamente impuestos por las vedas naturales, la desazón del tiempo, la reparación de las redes y otras contingencias que impedían hacerse a la mar, para alternar su trabajo con la asistencia a la escuela pública, en la que pudo adquirir los conocimientos básicos de una elemental cultura.
Llegado a su mocedad se siente animado por un vivo deseo de promoción personal y en su mente se configura la idea, cada vez más clara y tentadora, de probar su suerte emigrando al Ultramar, para poder optar libremente a un trabajo remunerador que le permitiera superar su pobre condición familiar.
El destino no se mostró propicio a su deseo al reservarle una imprevista circunstancia que vino a entorpecer el camino de su vida. Pues habiendo estallado la primera Guerra Carlista en 1833, la leva decretada por el Ministro Mendizábal le obliga a ingresar en las filas del ejército constitucional, dando al traste con su acariciado plan de emigración. En consecuencia hubo de soportar durante casi siete años las duras jornadas de aquella contienda, hasta que el Convenio de Vergara, acordado entre Maroto y Espartero en 1839, dio fin a la fratricida lucha.
De regreso a su hogar después de la obligada ausencia impuesta por la guerra, cumplidos ya los veinte y cuatro años de edad, se encuentra deprimido y desorientado sin acertar el camino a seguir. Tras larga perplejidad acaba por imponerse a su pesimismo y reconsiderando su situación, resuelve al fin llevar a cabo su aplazado propósito de pasar al Nuevo Mundo, con la intención de dirigirse al país del Plata, que era entonces para los marinenses algo así como un nuevo “Eldorado” de irresistible atracción.
Sin embargo, fué aún tres años más tarde, concretamente en 1843, cuando lleva a cabo su soñado viaje en compañía de otro vecino suyo, Narciso Nores del Viso, amigo entrañable de la infancia, que compartía sus mismas ansias de mejoramiento y superación. Así, después de relaizar una penosa navegación a vela durante la cual hubieron de soportar no pocas privaciones y dificultades, arriban ambos jóvenes al puerto de Buenos Aires en la desafortunada occación del gobierno del dictador federalista Juan Manuel Rosas, que a la sazón imponía su poder en el territorio nacional.
A la vista de la crítica situación por que atravesaba aquel país optaron por pasar al vecino Chile, después de haber eludido no sin grandes apuros la exigencia de las autoridades argentinas, que pretendían hacerles prestar allí un nuevo período de servicio militar. Decisión la suya, por otra parte, verdaderamente temeraria, no sólo por la inseguridad de viajar por las rutas del interior del país, sino también por el riesgo que suponía remontar la Cordillera Andina, cuyos pasos hubieron de salvar cabalgando sobre mulas en una caravana conducida por guías indígenas a través de abruptas comarcas pobladas por indios salvajes.
Después de permanecer unos años en Chile esperando la ocasión oportuna para su retorno, un hecho inesperado viene a facilitar el regreso de los dos amigos a la tierra argentina. La caída del régimen federal producida en 1852 a causa de la derrota que en Caseros sufre el dictador Rosas ante el ejército de los “unitarios” mandados por el general Urquiza, fue la conyuntura favorable que aprovechan nuestros hombres para volver a Córdoba, donde se instalan definitivamente, integrándose dentro de la numerosa y floreciente colonia de marinenses ya existente en aquella industriosa ciudad.
Las muchas peripecias conjuntamente sufridas en el trancurso de su larga aventura de emigrantes hicieron nacer entre nuestros protagonistas una íntima compenetración personal que da lugar a una fuerte y profunda amistad sostenida fielmente durante toda su vida. Compartiendo las mismas ideas y sentimientos inician su actividad comercial en la ciudad cordobesa, trabajando asociados en su primer período de adaptación al país, para establecerse más tarde separadamente cada uno de ellos por cuenta propia con sendos negocios. Así construyeron los cimientos de sus fortunas posteriormente acrecentadas por virtud de un trabajo inteligente y esforzado.
Particularmente la dedicación comercial de don Narciso Orelo se concretó en el sector de los curtidos y talabartería, llegando a poseer uno de los establecimientos más importantes del ramo, con la fabricación de monturas, sillas, cabezales y otros artículos similares. Durante casi medio siglo correspondió a su empresa, por la cantidad y el volumen de sus operaciones, un destacado papel en el proceso de desarrollo comecial de la comarca cordobesa, suministrando sus productos a extensos sectores del campo.
Precisamente, para ayudarle en la gerencia de su importante negocio hubo de asociar a su firma en calidad de socio comanditario a su paisano Narciso Nores, que ya venía trabajando a sus órdenes desde su llegada al país en 1871. Esta asociación comercial se dió por terminada después de veinte años de conjunta y próspera gestión, mediante escritura pública otorgada el 18 de enero de 1893, fecha en que debido a su delicado estado de salud se ve obligado a retirarse de toda actividad, quedando el Sr. Nores como sucesor por cuenta propia.
Hombre sencillo y bondadoso, de carácter firme y sereno, hizo de su vida una alegre y voluntariosa entrega a la cotidiana tarea de un duro trabajo inspirado en la más acrisolada honradéz, sirviendo de alentador ejemplo a toda la colonia marinense de Córdoba. Prestaba siempre paternal acogida a cuantos emigrantes compatriotas suyos llegaban al país encomendados a su tutela, a los que antendía con solicitud, facilitándoles no sólo orientación y consejo, sino también ocupación y ayuda para iniciar su vida en aquellas tierras lejanas.
Su austeridad, por otra parte más propia del claustro que de la vida seglar y su gran sentido de previsión, juntamente con el hábito de un inveterado y metódico ahorro, fueron las virtudes relevantes de su recia personalidad. Añadamos a ésto que permaneciendo célibe durante toda su vida, compartió modestamente el hogar de su fiel compañero de emigración como un miembro más de su familia, renunciando a su propia personalidad e independencia.
Podría decirse que el trabajo y la honradez, no menos que la voluntad y el sacrificio, fueron los medios sencillos de que se valió para lograr su cuantiosa fortuna, la que por otra parte nunca pretendió alcanzar de manera audaz o ambiciosa. Pues su posesión la consideraba como una generosa dádiva que el Hacedor ponía en sus manos cual depósito sagrado para hacer el bien a sus semejantes.
Idealista por temperamento recordaba con profunda nostalgia la imagen de su lejano pueblo natal, al que más de una vez tuvo ocasión de ayudar remediando la necesidad del pobre y del enfermo, siempre que tenía noticia de la miseria o el infortunio de un hogar. Y al verse ya de avanzada edad, minada su salud por los achaques de la vejez, casi ciego e imposibilitado, quiso realizar el propósito de emplear su fortuna de una manera humanitaria, conforme a los cristianos sentimientos que habían sido siempre la íntima motivación de su vida.
De acuerdo con esta noble intención, expresivo gesto de una auténtica filantropía, formaliza su laudable deseo pocos meses antes de morir, otorgando testamento en la ciudad de Córdoba el 27 de abril de 1893. comienza manifestando en la escritura “que no teniendo herederos forzosos de ninguna clase”, disponía libremente de sus bienes conforme a su voluntad, estableciendo a continuación diversas mandas en favor de instituciones religiosas y benéficas, como también otros legados a sus sobrinos y parientes, para terminar señalando determinadas cantidades destinadas a costear sufragios por sus difuntos.
Pero todas estas asignaciones constituían sólo el preámbulo de su intitución testamentaria, recordando el afecto que profesaba a sus familiares y el aprecio a las asociaciones con las que durante su vida se hallaba vinculado. Pues la parte principal de su fortuna, cuyo cálculo no puede concretarse en cifras debido a la especial discreción que sobre el particular guardó el otorgante, era aplicada enteramente a financiar importantes fundaciones de caracter cultural y religioso de gran trascendencia para Marín.
Disponía en efecto que toda su fortuna fuese dividida en tres partes iguales, especificando de manera clara su distribución y empleo, según consta en las cláusulas testamentarias, cuyo cumplimiento encargó, como albacea designado en primer lugar, a su paisano y consocio comercial Narciso Nores Salgado, a quien por la confianza que le merecía relevó de toda obligación de rendir cuenta o justificación alguna de su cometido.
De acuerdo con su deseo el primer tercio de su capital sería destinado para financiar la construcción de un Colegio de señoritas, con una Escuela gratuita de párvulos adscrita, partida que fue invertida en el “Colegio de la Inmaculada Concepción”, fundado por el Cardenal Martín de Herrera, y que, regido por las Hermanas de la Caridad vino desarrollando entre nosotros una fundamental labor educativa desde principios de siglo.
Otro tercio se aplicaba a la erección de un nuevo Templo parroquial, que fue levantado en los terrenos de la antigua Feria del ganado, siendo después demolido sin haberse abierto al culto, cuando ya estaba practicamente terminado para construir otro en su lugar. Se incluía también en este capítulo el sostenimiento de otro centro de educación para niños, con secciones gratuitas para pobres, que permitió la creación del “Colegio San Luis Gonzaga”, continuador de la misión iniciada por el “Patronato Católico”, llegando a ser el verdadero hogar de la cultura marinense, lamentablemente clausurado después de un cuarto de siglo de brillante actuación pedagógica.
Por último, el tercio restante de su fortuna se reservaba íntegro para asegurar al hermano del otorgante la percepción de una adecuada renta vitalicia, reintegrándose el saldo existente a engrosar el fondo de la anterior partida al producirse el fallecimiento del beneficiario.
Pocos meses después de haber dispuesto de manera tan generosa la distribución de sus bienes, nuestro benefactor fallece en Córdoba a primeros del año 1894, tan cristinanamente como había vivido, dejándonos el ejemplo de su vida austera de trabajo y honradez, coronada por el gesto abierto y desprendido de una entera generosidad hacia el pueblo que le vio nacer.
Fuente: Transcripto del texto original y enviado por la Arqº Marcela Staudenmaier Orelo. Capítulo III del libro “Marinenses en el Tiempo” de José Torres Martínez. Marín: Artes Gráficas Portela, 1982. ISBN: 84-398-1211-6.