Este texto forma parte de las Aguafuertes, crónicas que Arlt publicaba cotidianamente en el periódico argentino El Mundo. Fue escrito durante un viaje por España, que realizó como corresponsal de ese diario, entre 1935 y 1936. Le agradecemos a nuestra compañera Zulema Rodríguez haberlo acercado, y queremos compartirlo con todos ustedes en esta Navidad.

A lo largo del Miño. Recuerdo a los gallegos de Buenos Aires. Paisajes puros, suaves y plácidos.

EL TREN CORRE entre un caos de montañas. Montañas verdes, azules, sonrosadas, violetas. De tanto en tanto, caseríos recios, de piedra gris. El gallego no encala su casa. Las tejas son de piedra negra. En los prados, "as vaquiñas". Me acuerdo de todos los gallegos de Buenos Aires evocando este paisaje y "as vaquiñas".

El río corre formando meandros perezosos, los viñedos retrepan las montañas. Viñedos altos, bajo los cuales caminan mujeres con cestos en las cabezas. Las montañas tienen escalones de sembradío. Yo pienso con amargura cómo me las arreglaré para caminar por aquí. Porque una cosa es mirar el paisaje, y otra andarlo. Se necesitan para estas alturas piernas de acero.

Y yo tengo piernas de hombre de ciudad. El Miño corre abajo. Caudaloso, formando en ciertos trechos espejos tan cristalinos que la montaña azul y las nubes sonrosadas se reflejan en él. Me acuerdo de los gallegos de Buenos Aires. Canturreo la "Alborada", de Veiga. Me acuerdo de los gallegos de Buenos Aires. "As vaquiñas". ¡Cómo se les debe apretar el corazón cuando recuerdan a su Galicia!

Estos valles frescos y profundos, empenachados de castaños y nogales. Pasan las estaciones, los pueblecillos... Pueblos de casas de piedra obscura de dos pisos, con tejado de piedra negra, estampados en manchas verdes. Porque éste es el paisaje más hermoso y más dulce de España.

Panorama donde flota un velo de melancolía tierna, la misma ternura tan femenina y dulce de las mujeres gallegas. Y aunque mi cuerpo está aquí bloqueado por el paisaje gallego, mi pensamiento se destrenza allá en Buenos Aires, junto a todos los gallegos, junto a todas las mujeres gallegas que han cruzado el gran océano, y me digo:

-Cómo se les ha de encoger el corazón cuando, en un momento de soledad, se acuerdan de estas aldeas tan bonitas, tan envueltas en cortinados verdes, y cuando se acuerdan de la caída de la tarde, del sol en el río, y de las voces de las gaitas, y de los bailes en los calveros, y de las vacas que atadas con una cuerda llevaban a beber a un río, y de los viñedos tan tupidos, y de sus casonas suspendidas sobre los abismos...

El gallego es celta, y en los primeros tiempos del cristianismo, adoraba las piedras, una montaña misteriosa, que se cree sea el Pico Sacro y las cascadas de agua. Pertenece a la misma raza que los hombres de Bretaña, Irlanda, Cornualls y Armórica. Por eso tienen muchos los ojos verdes y el cabello rubio. Inmolaban víctimas humanas al dios de la guerra. Danzaban antes de entrar en batalla.

Navegaban en barcos de cuero. Miles y miles de años han vivido siempre en estas montañas, en este paisaje dulce. El cristianismo no ha podido desterrar aún de ellos la creencia supersticiosa en el beneficio mágico de ciertas piedras. Son gente de montaña. De allí su naturaleza concentrada, ese perfil limpio y bárbaro, la mirada de un cristalino tan vitrificado que sería cruel, si la ternura vegetal, contagiada por el panorama verde, no pusiera en el fondo de la mirada de las mujeres esa dulzura tan ardientemente femenina.

Ahora comprendo una palabra que me dijeron los andaluces de Granada:

-Las mujeres gallegas son de miel. Sí; dulces como esa palabra que expresa nostalgia y langor: "morriña". Y bajo la miel, la nervadura de acero que ha estratificado la montaña: su voluntad, la voluntad decidida, que les permite dar el gran salto a las Américas. Corre el tren por las orillas del Miño. Los viñedos retrepan las laderas, la montaña tiene escalones de verdura, los tejados de piedra negra sobre las casas de piedra gris, se amontonan defensivamente. Las aldeas pasan, se renuevan.

Una chica baja hacia el río con una "vaquiña" atada a una cuerda. Y yo me acuerdo de todos los gallegos de Buenos Aires.

Galicia emociona como un dulcísimo llanto. Su paisaje es tan puro, que el corazón se arremansa en él. Su montaña no es brutal, sino idílica. Y yo sé cómo los seres humanos, que han nacido en la montaña, aman a la montaña. Es el amor de toda su vida. Yo sé que aquí el trabajo es rudo, más rudo que en ninguna otra parte de España; pero sé también que el ojo del varón o de la mujer, que han bebido el paisaje de montaña, lo llevan tan esculpido dentro del corazón, que todas las lágrimas que en la soledad vertieron en un momento, en Buenos Aires, los ojos gallegos tienen algo de la misma substancia que las aguas de estos ríos, el Sil, el Cabrera y el Miño. Y aunque quiero deshacerme del recuerdo de los gallegos de Buenos Aires, no puedo. Sé hasta qué profundidad tienen metido el amor de su Galicia, en los tuétanos y el paisaje, hermoso, en vez de serme agradable, se traduce en emoción, me siento gallego, pero gallego no en España sino en Buenos Aires, dependiente de almacén, peoncito de panadería, o gran señor comerciante, que para todos es lo mismo.

El tren corre a las orillas del Miño y entrecierro los ojos, me acuerdo del paisaje gallego que está a un paso de mi cuerpo, y me represento el sufrimiento de esta raza heroica y concentrada, en tierras extrañas, y me digo, que el gallego que abandonó sus montañas, debe sufrir bárbaramente. Porque en Galicia el paisaje no es independiente del hombre. No es un decorado donde la vida se desliza, con prescindencia de la naturaleza. En Galicia, el hombre y la naturaleza forman una soldadura racial.